Escúcheme mi Hermano, mi Hermana…
Deborah Ramos Ventura
Escúcheme, mi hermano, mi hermana. Quizás ayer yo no le di este doble abrazo, pero quiero decirle que hoy lo quiero más que antes. Es que antes no lo conocía muy bien, pero hoy que lo he visto cruzar por esa calle con su puño en alto y sus pasos rompiendo caminos, me di cuenta de lo grande que es usted. Usted no se doblega, ni se mancha; ni se vende, ni alquila su palabra. Me he dado cuenta de que usted es un roble: ¡Cuánto golpe en su pecho, cuánto fusil apuntando, cuánta bomba lacrimógena esparcida en su piel, cuánto gas asfixiando su vida! ¡Cuántas veces muriendo y cuántas veces resucitando! Usted vale mucho, hasta siento que soy yo en usted y usted en mí luchando.
Y cuántas veces lo vi pasar y no reconocí en usted al Cristo proletario. Pero hoy, al compartir el dolor y la esperanza, allí sentados bajo ese árbol, mientras descansábamos de la larga marcha, me di cuenta de que sus manos y mis manos unidas podían multiplicar los panes. ¡Ay, mi hermano, déjeme curar sus heridas, su dolor de pueblo, permítame abrazar con usted la patria!
Sabrá, mi hermano, mi hermana, que es duro cargar solo esta bandera que huele a libertades, pero quiero decirle que hoy cuenta conmigo y con muchos más que como yo y como usted cargamos la misma antorcha que nos guía a un nuevo mañana.
Es que sabe, mi hermano, ahorita mi país es un poema apuñalado por la espalda, y usted es el país y yo soy el país. Por eso es que hay un antes y un después: el antes, cuando usted era un extraño, y el hoy en que juntos, tomados de la mano, luchamos en esas calles, compartimos el mismo pan y la misma hambre; sus heridas sangran en mi cuerpo y las palabras no sé si salen de mi boca o de la suya, pero tienen el mismo acento.
¡Ay, mi hermano! ¿Quiere que le diga? Hoy me duele todo lo que a usted le pasa: su adversario es mi adversario, su esperanza es mi esperanza. Y quizás el día de mañana, los hijos suyos y los míos podrán decir con orgullo: -Nuestros padres nos heredaron una patria o murieron en la batalla por dejarnos esta patria, pero nunca se doblegaron. ¡Ah, mi hermano, cuánto vale usted! Usted que ha cargado la cruz a diario, usted que ha dejado su paso cansado en esas marchas. En sus huellas he encontrado su piel desgarrada. Sé de sus manos cercenadas, de sus golpes de toletes, de su cautiverio en cárceles clandestinas, de su palabra silenciada por el terror. ¡Ay, cuánto sé de usted, mi hermano! ¡Cuánto, cuánto vale usted, que daría mi vida por salvarlo y sentiría que muero por la patria!

