Aug 19, 2013

Visiones civilizatorias

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19 de agosto 2013

Fuente: Barómetro Internacional

Por Miguel Guaglianone

Intentando realizar un análisis de los sucesos en Egipto, que vienen estando en primera plana en los grandes medios corporativos transnacionales debido sobre todo a la espectacularidad de las masacres que vienen ocurriendo y a la profunda fractura que sufre su sociedad; nos encontramos con una dificultad que está siempre presente cuando queremos entender entre otros, los sucesos del Medio Oriente y zonas aledañas: la presencia de variables culturales específicas que nuestra visión “Occidental y Cristiana” no termina de poder manejar. Son variables transversales del tipo cultural o religioso, que determinan las conductas de los individuos y grupos de las que son originarias, y que nuestra formación –producto de una cultura eurocentrista– no nos permite terminar de comprender.

El análisis de los procesos sociales es siempre un asunto complicado. Cualquier intento de explicar lo que sucede en un sistema social se encuentra con que la lógica tradicional y el sistema analítico cartesiano no son buenas herramientas para generar modelos de interpretación que los expliciten. Los sistemas sociales son sistemas complejos, en ellos las variables se interrelacionan e interactúan a distintos niveles simultáneos, muy alejados de la relativa simplicidad de los llamados sistemas lineales (casi toda la física newtoniana es lineal en este sentido). En esa complejidad, los sistemas sociales son del tipo de los que la Teoría del Caos llama “no lineales”.

Esos sistemas, cuando entran en “estado caótico” se convierten en estructuralmente imprevisibles. Aparece lo que se ha popularizado con el nombre de “efecto mariposa”: una mínima variación en una variable menor o insignificante puede producir alteraciones profundas en el estado del sistema y esto no es cuantificable. Lo más que se puede hacer en esos casos es acotar el “área de variación” estableciendo los límites dentro de los cuales ese imprevisible sistema se moverá, a partir de determinar los parámetros que la misma teoría llama “atractores extraños” o “atractrices”.

A pesar de todo, como los seres humanos somos muy porfiados, seguimos intentando generar modelos de interpretación de los hechos que nos permitan un acercamiento a ellos, utilizando técnicas alternativas a la lógica tradicional y sabiendo que no podremos establecer un modelo mecanicista capaz de predecir (como sucede en algunos terrenos de la Física clásica) los acontecimientos posteriores. En los procesos complejos las variables a considerar no son puras, limpias y abstractas (matematizables), sino que en general son confusas, oscuras y complicadas, y no existen categorías universales, sino que es necesario irlas estableciendo para cada proceso y cada momento de él. Sí esto es así en general, cuando nos referimos en particular a procesos sociales en los cuales aparecen condiciones culturales y religiosas que son ajenas a nuestra visión del mundo, el problema se vuelve –si es posible– aún más impenetrable.

Por eso creímos necesario realizar unas reflexiones sobre la existencia de estas variables culturales y religiosas y la forma en que las hemos considerado históricamente, y como tenemos incorporados nuestros prejuicios sobre ellas, reflexiones que posiblemente nos ayuden a poder operar con mayor efectividad cuando se trate de entender los procesos sociales en sociedades diferentes (por su historia y tradición) a nuestra cultura occidental europea.

Occidente y las otras civilizaciones

Nuestra civilización Occidental y Cristiana nació en el seno de la disolución del Imperio Romano, en el siglo IV y durante casi mil años se desarrolló en la Europa continental, primero a través de varios intentos de establecer imperios que sustituyeran al romano, simultáneamente a la estructuración de la institución social Iglesia Católica centrada en el papado con sede en Roma, terminando finalmente por convertirse en un archipiélago de dominios feudales, estructurados solamente a través de las creencias en común proporcionadas por esa iglesia. Durante toda la Edad Media se consolidó su cultura, sus valores y sus sistemas de vida, en un proceso histórico de cambios lentos. El único contacto importante con otra civilización fueron las Cruzadas, dónde el naciente Occidente intentó recuperar las Tierras Santas, en una pelea dirigida contra los musulmanes que ocupaban esas tierras. Allí comenzó el trato y la consideración que nuestra civilización dio sistemáticamente en adelante a toda otra cultura con la cual se encontrara: el menosprecio, la descalificación y la evaluación de “inferiores” o “incivilizados”.

A partir del Renacimiento, en los alrededores del siglo XV, nuestra sociedad occidental sufrió unos inmensos cambios estructurales que modificaron su rumbo y su situación en el mundo. Allí, según Ernesto Sábato, refiriéndose al origen de la crisis actual de nuestra cultura en el Renacimiento: “… fue el resultado de la aparición de dos fuerzas dinámicas y amorales: el dinero y la razón…”. En este complejo proceso de transformación aparecieron además fenómenos como el de la secularización (la pérdida de las creencias trascendentes); el inmenso impulso de la ciencia naciente que desarrolló exponencialmente la tecnología –sobre todo las tecnologías de guerra– (que fueran de cambios muy lentos en la Edad Media); el nacimiento del capitalismo, y en general nuestra civilización sufrirá un impulso explosivo de expansión (hacia América y los otros continentes). 

Se encontrará en ese proceso con otras civilizaciones, las amerindias Aztecas e Incas (y los restos Mayas), las culturas hindúes y del extremo Oriente (China, Japón, Corea, etc.) y nuevamente con el Islam que venía combatiendo desde las Cruzadas. A todas ellas avasallará militarmente. Allí se consolidará la creencia (el mito) de que Occidente es la cúspide del proceso evolutivo que comenzó en Sumeria, y que por consiguiente es “superior” a las demás culturas y civilizaciones. Una visión ideológica que justificará la conquista a sangre y fuego del resto del mundo, y hasta masivos procesos tan inhumanos como el trasplante de la población africana a otros continentes, sobre todo a América, como esclavos, como mano de obra, o el más grande genocidio de la historia, realizado durante los primeros 150 años de la conquista a América con la población originaria (en un siglo y medio fue llevada de 140 a 35 millones de personas)

Pero lo importante es que Occidente, como decíamos, se ha considerado siempre el más evolucionado exponente de un proceso lineal que supuestamente comienza con la primera forma civilizatoria y que llega en una forma continua hasta nuestros días. Esto le ha permitido despreciar los valores, logros y conocimientos de otras civilizaciones o invisibilizarlos.

Es recién entre la segunda y tercera década del siglo XX, cuando escuelas de pensamiento como la de los historiadores revisionistas y Arnold Toynbee, o la naciente Antropología Cultural promovida por Ruth Benedict, Margaret Mead y Bronis?aw Malinowski, que se comienzan a plantear con rigor y seriedad las hipótesis de que cada una de las civilizaciones conocidas ha tomado distintos caminos, la relatividad que hace de Occidente solo uno más de los procesos sociales de ese género, y el valor equivalente de las creencias, productos culturales y conocimientos, desarrollados en cada caso. Así se caen los mitos de la superioridad de Occidente (y de su derecho a avasallar y despreciar otras culturas). Y esto va mucho más allá de lo material, aparentemente cada cultura desarrolla una visión propia del mundo, una cosmovisión (Volstanchaaung la llaman los filósofos alemanes) que permite a quienes la comparten interpretar las realidades de una forma específica, y que determina sus pautas de conducta individuales y colectivas.

Arnold Toynbee en el Estudio de la Historia, investigó los contactos entre distintas civilizaciones, a los cuales llamó “encuentros” y llegó a analizarlos en profundidad               –en un estudio comparado de los procesos históricos– desde distintos ángulos, que incluyeron los encuentros en el tiempo y en el espacio (un ejemplo de encuentro en el tiempo puede ser la forma en que nuestra Civilización Occidental redescubrió a los griegos al principio de la Edad Media –desde su nacimiento a la caída de Roma, Europa había perdido esos conocimientos– a través de las traducciones directas del griego realizadas por las culturas árabes; y como Occidente los hizo suyos nuevamente, y se autodeclaró su sucesor directo). Autores como Roger Garaudy a mediados del siglo XX, estudiando también esos contactos, hablaron del “diálogo de civilizaciones”, y en lo contemporáneo, el ultraderechista Samuel Huntington ha intentado desarrollar (supuestamente basándose en el modelo de Toynbee) lo que ha llamado el “choque de civilizaciones”, como un proceso inevitable que justifica ideológicamente la preeminencia del más fuerte (en este caso nuestra Civilización Occidental).  

Occidente y el Islam

En el caso particular del Islam, desde las Cruzadas nuestra civilización lo ha combatido, y ha tenido un relativo éxito al hacerlo conquistando sistemáticamente sus territorios. En una conferencia que le escucháramos en vivo en 1962, Toynbee decía que cuando se produce una confrontación entre civilizaciones, y una de ellas avasalla a la otra, históricamente se dan tres resultados conocidos:

a) La civilización avasallada desaparece frente a la derrota total

b) La civilización avasallada conquista a la avasalladora con sus propuestas culturales y la transforma, hibridándose con ella.

c) La civilización avasallada sufre un resurgimiento y vuelve a combatir a la avasalladora, haciéndola retroceder.

Explicaba con respecto al Islam, que era todavía muy pronto históricamente como para poder determinar cuál de esas reacciones tendría finalmente frente a Occidente.

La forma en cómo los poderes mundiales establecidos han  reaccionado en los últimos tiempos, parece indicar que se estuviera dando la tercera alternativa. No sólo Occidente combate hoy militarmente a sociedades de matriz cultural islámica, sino que todo su aparato de control ideológico realizado a través de la hegemonía comunicacional de los medios corporativos está enfocado en la descalificación, demonización y desinformación sobre el Islam y sus sociedades.

Esto no es algo nuevo, desde la Primera Cruzada a principios del Siglo XI los guerreros cristianos lucharon convencidos de que estaban enfrentando a bárbaros paganos, y que ellos eran la flor y nata de la civilización y eso les daba el derecho de conquista. Existieron algunas excepciones. Un escrito rescatado de los árabes, cuya traducción lamentablemente extraviamos, contaba como en la Tercera Cruzada, en los encuentros sucesivos para negociar una paz que a ambos interesaba, Ricardo Corazón de León pudo establecer una relación personal con Saladino y a través de ella descubrió que era él el bárbaro invasor y no el musulmán.

Frente a un Saladino que además de ser un brillante estratega militar y un gran guerrero que combatía al frente de sus tropas, era artista, músico y poeta, filósofo, un epicúreo en su vida personal y un políglota que manejaba con soltura varios idiomas; el sajón Ricardo descubrió que estaba combatiendo a una cultura mucho más “civilizada” y refinada que la de su Europa medieval.

Termina contando la crónica referida que eso cambió la vida de Ricardo, que se dedicó en adelante a volver a su reino y tratar de hacerlo mejor, deslumbrado por la cultura de su enemigo. Incluso en otros lugares se cuenta que a pesar de viajar de incógnito por Europa para llegar a Inglaterra, fue descubierto en Austria y hecho prisionero, por su exigencia de comer pollo frito, una exquisitez culinaria que había adoptado de los árabes.

Entonces, la visión que hoy tenemos de los pueblos islámicos es la que nos han contado los medios. Se trata de pueblos con costumbres bárbaras (que le cortan las manos a los ladrones y matan a pedradas a las mujeres infieles), que se caracterizan además por una ferocidad e intolerancia producto de su fundamentalismo, que insisten en oponer resistencia a la “modernidad”. Son además sociedades autoritarias “antidemocráticas” que no están dispuestas a permitir que sus pueblos se expresen. Se resisten, con una visión fanática religiosa, a adoptar los conocimientos del mundo y la sociedad que Occidente ha desarrollado y que son los verdaderos, y son por ello profundamente retrógrados. 

Este es a grandes rasgos el retrato del Islam y sus sociedades que manejamos a nivel público en Occidente, que por supuesto es completamente falso e intencionadamente confuso. Con esa perspectiva, aún quienes seamos conscientes de la deformación a la que han sido sometidos los integrantes de otras culturas, nos encontramos incapaces para comprender y manejar en el análisis algunas verdades ocultas

A pesar de que las sociedades islámicas (nos referimos a aquellas de origen árabe o persa, las otomanas son otra historia) se nos muestran como intolerantes y feroces, la verdad histórica es que si bien han sido sociedades guerreras y regidas verticalmente por un sultán o un califa, no han existido en la historia culturas más tolerantes que ellas, en lo interno y en el trato a las naciones y pueblos conquistados.

Tanto el primer califato Omeya con capital en Damasco, como el Califato Abasida con capital en Bagdad, como el Califato de Granada, fueron sociedades que permitieron en su seno la libre convivencia entre religiones (islam, judaísmo y cristianismo) y que no impusieron a los pueblos conquistados una estructura de poder extranjera, sino que colocaron visires (que sí eran fieles al Sultán) pero que eran originarios de cada uno de esos pueblos y contaban con su aceptación. Un ejemplo de esa tolerancia es como nuestra medicina moderna, que nació de los estudios desarrollados en el Califato de Granada, fue creada por investigadores médicos de gran prestigio y reconocimiento en sus universidades, de orígenes tantos islámicos como judíos o cristianos, que convivían de igual a igual en esa sociedad (Maimónides y Melequíades por ejemplo, no eran musulmanes).

Igualmente, a una sociedad secular como la nuestra le es muy fácil calificar de “ignorancia” la profunda religiosidad que envuelve los actos de las mayorías islámicas. No nos es posible desde nuestra perspectiva agnóstica considerar una visión religiosa del mundo, cuando curiosamente en la historia, la mayoría de las culturas han tenido esa visión. Nuestra civilización occidental es de las pocas culturas que se convirtió en secular, separando el conocimiento de la visión trascendente, e imponiendo el materialismo positivista que hasta hoy nos (des)gobierna. Intentamos además imponer sistemas de gobierno como la democracia representativa, inventados en Occidente y que son totalmente ajenos a esas culturas.

En definitiva, estamos muy dificultados para considerar y evaluar algunas de las variables sociales que estremecen el Medio Oriente, porque nuestra visión cultural nos entorpece la percepción de ellas. Tomar conciencia de esta situación, puede ser el primer paso para comenzar a aprender a manejarlas y lograr una mejor comprensión de lo que sucede más allá de los países centrales que controlan hasta hoy el mundo, pero que se encuentran en un período de profunda recesión.

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