Sep 2, 2009

"Es la hora del combate" y otros poemas

Es la hora del combate
Por Víctor Manuel Ramos

Es esta la hora del dolor y del recuerdo.
Los ojos de los caídos nos ven.
Los oídos de los asesinados nos oyen.
Las manos de los torturados de los mártires
Levantadas claman con la luz de su sangre.
Pero julio y agosto ha llamado al pueblo
Y el pueblo ha estado en las calles,
Con sus banderas en alto,
Con sus voces en alto,
Con sus puños en alto,
En las ciudades, los valles y las montañas
Y con pasos de banderas ha reunido
Los amaneceres, las amapolas ensangrentadas,
Y ha llamado a repique de campanas libertadoras.
Ha gritado en medio de los gases lacrimógenos
“nos tienen miedo porque no tenemos miedo”.
Las gloriosas Fuerzas Armadas se llenan de más gloria:
Han asesinado a Obed Murillo Mencía
A Pedro Magdiel Muñoz, a Roger Bados,
A Roger Abraham Vallejo Soriano
Esparciendo el metal de su sangre ardiente
Por las calles y la campiña. Así se han llenado
De más gloria las gloriosas, así los jerarcas militares
Agregan más chapitas a su lista interminable
de condecoraciones inmundas,
Así han vuelto a disfrutar del llanto por los caídos.
Las gloriosas cada vez más gloriosas, más heroicas
En contra de del pueblo desarmado,
Más valientes frente a las mujeres
Que levantan banderas,
Invencibles en la violación de mujeres.
He visto la barbarie con mis ojos,
Con mi corazón que también ve con ira.
He visto las botas llenando de congoja al pueblo
Y he oído el desgarrador grito de angustia
Y de cólera sostenido que recorre el espinazo de Honduras.
Pero no vamos a llorar,
No vamos a inundar la patria de lágrimas
Porque esta es la hora de la verdad, la hora del pueblo,
Y te llamo a ti, a todos, a todas
A que recordemos pero que elevando los puños y las voces
Levantemos a los muertos y marchemos
-ellos al frente- a tomarnos la patria
Que nos han raptado.
Es la hora del combate.


Vienen enarbolando las banderas

Por Víctor Manuel Ramos

Donde cayeron los asesinados
bajaron las banderas a empaparse de sangre
para alzarse de nuevo frente a los asesinos.
Pablo Neruda

Los militares se apoderaron del aeropuerto,
Hasta allí llegó el pueblo con sus banderas de esperanza enarboladas.
Los militares, entonces, consumidos en la llama del odio,
Dispararon a diestra y siniestra y las banderas se empararon
En la sangre de Isis Obed Murillo Mencía,
En su corazón y su cerebro fusilado por órdenes superiores.
Los militares se apoderaron de las montañas
Y persiguieron a los valerosos que evadieron sus escudos
Tras los cuales se esconden cobardemente.
Ahí, en el humus de las colinas, se esparció
El tuétano de los huesos de Pedro Magdiel Muñoz
Y su sangre derramada fertilizó la resurrección del pueblo.
El cuerpo de este muchacho de la patria martirizado
Con incontables puñaladas y las manos que levantaron la esperanza
Con sus huesos fracturados, con las huellas de la criminalidad militar,
Siguen enarbolando una bandera que no permite el silencio.
Los militares se apoderaron de las casas
Y subrepticiamente entraron sin orden judicial,
Derribando las puertas a puntapiés y, frente a los ojos asombrados
De los niños, cegaron la vida de Róger Bados,
Quien no le debía nada a nadie, pero reclamaba la patria como suya.
Los militares se apoderaron de las calles.
En medio de las calles repitieron el crimen,
Apuntaron sus armas contra quienes reclamaron ser dueños de las calles,
Esparcieron la muerte que sale de sus fusiles contra
Róger Abraham Vallejo Soriano,
Quien solo sabía entregar el clavel de la sabiduría a los jóvenes.
Todo en cumplimiento supremo del mandato del supremo
Que se ha comprometido a poner orden en el país
Y que sabe que ese orden solo es posible
Tapando el firmamento para que no se vean las estrellas de la patria,
Atrapando el viento del pueblo en las plazas,
Domeñando la rebeldía con la muerte
Cortando de raíz los brotes que surgen de la sangre derramada,
Convirtiendo al pueblo en perseguido,
Triturando y quemando a los mártires desconocidos en lugares ignotos,
Para que los guarde el silencio.
Los militares se tomaron la patria dizque para salvarla del pueblo,
De la chusma dirigida por su presidente. La asaltaron durante el negro
De la noche para que no presenciáramos como pisoteaban nuestra bandera
Y enviaron a los verdugos para castigar a quienes reclaman su patria,
A repartir tolete y balas, para rendir a los nombres que están en la lucha.
Violaron a una frágil flor,
Con un tolete en su vagina, flor ensangrentada, corazón indomable,
Niña virgen ejemplar, porque tu virginidad solo la puede disfrutar un macho
Y no un cobarde amparado en el uniforme verde olivo.
Se tomaron la patria, los soldados del supremo,
Y los soldados ya no pueden cuidarle el sueño,
No pueden levantar sus escudos para impedir que los fantasmas de los asesinados
Le impidan dormir tranquilamente, porque donde abre un grifo
Le mana sangre y esa sangre le salpica el rostro de traidor.
Los martirizados dedos, los corazones traspasados por las balas,
Las vidas segadas tras los matorrales, insisto,
No les dejan dormir, Jefes supremos de la maldad.
Roberto Micheleti y Romeo Velásquez.
No les dejarán dormir porque estos compañeros
Ahora han vuelto, cantando el himno de la alegría,
Con las banderas al viento para reconquistar la vida,
La vida del pueblo entero que es dueño
Del aeropuerto, de las montañas, de las casas, de las calles, de la patria.
En medio de la patria actuaron con sus fusiles los criminales,
En medio de la patria que pretenden robarnos.
Pero, repito, con orgullo levantamos las manos de los mártires
Desde la tierra, y no les lloramos en vano, ni les enterramos
En el olvido, ni les dejamos en la soledad de sus tumbas.
Ellos vienen con el pueblo, Isis Obed Murillo Mencía,
Róger Bados, Pedro Magdiel Muñoz,
Róger Abraham Vallejo Soriano, porque a ellos
Ya no les hacen nada las balas, pero siguen combatiendo
Con sus rostros de sudor y valentía, porque son invencibles,
Siguen en medio de la plaza, en medio de la patria,
Esculpiendo con sus corazones fusilados,
El nuevo cuerpo de la patria del pueblo.
No pretendan esconder el crimen, criminales, no pretendan impunidad
La lluvia volverá a empapar las calles para limpiar la sangre,
Las voces volverán a inundar las plazas,
Los puños avanzarán levantados hacia la guarida de los tiranos
Para poner fin a los días del sufrimiento.
Las banderas de la resurrección no dejarán de flamear
En manos del pueblo liberado.
Isis Obed Murillo, Róger Bados,
Pedro Magdiel Muñoz y Róger Abraham Vallejo Soriano
Estarán con nosotros, en ese grandioso día
Del asalto a la esperanza, en ese día en que el pueblo
Con sus héroes, renacerán de nuevo, para siempre
Será posible, en ese amanecer, el castigo ejemplar,
En la plaza que ahora nos han quitado.



Tegucigalpa, 2 de agosto de 2009.


Los nombres de las moscas

Víctor Manuel Ramos

Sus nombres ahora son:
Roberto Micheleti, Romeo Vásquez Velásquez,
Cardenal Rodríguez, Pastor Evelio,
Todos ellos, con la constitución en una mano
Y la Biblia en la otra,
Hablando en nombre de la nación,
Reafirmando que aman a Honduras y a los humildes
Mientras con los pies pisotean al pueblo
Y envían a los soldados a reprimirlo,
a desgarrar tu bandera, Patria amada,
a desgranar la rosa de la juventud,
a derramar la sangre de tus hijos
a cortar de tajo el hilo de la esperanza.
Con la constitución en una mano y la Biblia en la otra
Rezan letanías a los santos de su devoción:
San Ricardo Maduro, el panameño, patrón de los sin patria;
San Carlos Flores, el fustigador, patrón de los intrigantes;
San Rafael Pineda, nacido en otras tierras pero trasplantado
para que cumpliera sus profecías en estos terruños;
Santos Pepe y Elvin, aspirantes a presidentes a pesar de la constitución;
San Oswaldo López, protector de los guardias civiles (en el cielo, por supuesto)
Y tantos otros más, situados en los nichos de la sacrosanta catedral,
Con los pies de sus estatuas pisando la ley magna.
Antes eran las moscas Carías, dijo Neruda con su puño levantado,
y a esos bichos asquerosos se unieron los Lozano Díaz,
Los Oswaldo López Arellano y los Melgar Castro,
Que no podrán ser olvidados
Porque devoraron, como vampiros, la sangre del pueblo
Con sus viles golpes de Estado y sobornos
Y con los asesinatos que impulsaron, todavía impunes.
Y porque, cobardes, fueron incapaces de defender a Honduras de los invasores.
Luego vinieron los Álvarez Martínez y su compinche Ramos Soto,
Con otros bichos de menor cuantía,
Pero igualmente hienas rebosantes de odio;
Mancharon sus manos partiendo el pecho
De los combatientes que se levantaron
Contra el alquiler de la patria
Que la convertían en Base militar
Para destruir la esperanza de Sandino.
El Presidente Reina les arrebató la bandera
De ser los garantes de la soberanía y subordinó a los chacales
a la orden de los civiles que pretendieron representar al pueblo.
Pero no fueron domeñados totalmente.
Se agazaparon escondiendo su talante de felonía y traición,
Lamieron como gatos zalameros a los presidentes
Y ofrecían falsa fidelidad a cambio de canonjías.
Vino, entonces, un Presidente que dio la mano al pueblo
Y que le invitó a comer con las uñas en la mansión presidencial.
La canallesca empresarial y la elite verde olivo
Se asqueó de ver a los chucos sentarse en los sillones del Salón Morazán y dejarlos malolientes,
No concebían que los indios se limpiaran los mocos en los cortinajes
De los ventanales de la Casa de Gobierno.
Les dolió hasta el tuétano ver al Presidente cumplir la promesa de dotar de un burro
A un cacique tolupán.
Supieron, perfectamente, que Zelaya Rosales, estaba abriendo un nuevo camino
Que estaba enseñando al pueblo que todavía es posible la esperanza
que Morazán no había muerto y que su espíritu rondaba sediento de justicia,
Que enarbolaba la bandera de las franjas y las estrellas
Con las manos de los pobres y de los desamparados por la democracia,
Un presidente que pedía todo para su pueblo.
Se aterrorizaron. Las moscas de ayer se revolvieron en sus tumbas.
Las moscas Vásquez,
las moscas Micheleti o Gorileti (nombre de difícil ortografía),
las moscas con tiara
Y las moscas pastorales sintieron el llamado de sus antepasados;
Sufrieron de pronto la metamorfosis inversa
Y se tornaron en gusanos de carroña
Para cortar, de tajo, el porvenir de la Patria.
Fueron, cobardes,
Con armaduras descomunales,
Al amparo de la noche y de oscuros nubarrones,
A capturar, con gran despliegue de fuerza,
Al presidente desarmado, al presidente en pijama
Y lo enviaron al extranjero. Y luego pensaron:
Ahora podremos dormir tranquilos.
Y ahí estuvo su error:
Un escalofrío recorrió la columna vertebral montañosa de Honduras
Que estremeció todo el territorio, que enardeció todos los corazones
Y se elevó cada voz como una centella de desprecio.
Y quienes cumplían órdenes
han comenzado a escuchar las campanas de las gargantas enardecidas del pueblo
Y han visto como a la orden de “todos a una”
Van abriendo los cerrojos del estado de sitio con que pretenden encarcelar al pueblo
Y hombres, mujeres y niños, salen a las calles,
Evaden a los fusiles en las montañas guiados por los quetzales,
Enfrentan a los tanques con claveles rojos,
Y se esconden del ronrón perseguidor en el abrigo que prestan los heroicos pinos enhiestos.

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